Sentía la brisa en mi cara. Un camión demasiado grande como para transitar por áreas residenciales a horas de la noche pasaba dejando una estela de ruido por el policía muerto. Atrás, una moto de repartición lo rebasaba irresponsablemente.
Y el calor, el calor no me dejaba moverme de la silla donde estaba.
Decidí cerrar mis ojos y recordar el delicioso sabor del pasado.
Sentir la nostalgia de otros tiempos sonreírme, filtrar los buenos momentos por mi cerebro y llenarme de sensaciones antiguas, de situaciones que ya no voy a vivir más, de primeras veces que me hicieron disfrutar con la inocencia propia de la niñez. No es que viva alimentándome del pasado, pero esta semana recibí una noticia que tiene un sabor agridulce, mis papás probablemente vendan la casa donde crecí, aún no han firmado la venta, pero las posibilidades son esas.
Recordé por un momento la primera vez que conocí a mis vecinos, que durante algunos años de mi niñez y adolescencia me harían la vida imposible, pero es increíble como la mente y el corazón dejan eso atrás, para acordarse primero de las buenas cosas.
Recordé como era la casa, tenía un espacio chiquito de jardín y un solo estacionamiento sin techo.
Los muebles de la sala eran grises y la mesa del comedor negra y redonda.
Mi hermano y yo compartíamos un cuarto.
Recuerdo cuando mi hermano dio sus primeros pasos en el pasillo, estaba Josefa (nuestra nana) de un lado y mi mamá del otro, yo era una expectadora, pero aún recuerdo los pasitos en puntillas de un lado a otro.
Recuerdo un poco de mi primer día de clases, recuerdo mucho más el de mi hermano.
Recuerdo quedarme sentada por horas en el comedor castigada porque no quería comerme mis vegetales y tenía que estar ahí hasta la cena.
Recuerdo el parque, cuando no tenía cerca con el río matasnillo y la leyenda urbana sobre el lagarto que el amigo de un amigo vio, pero nunca vimos realmente. También recuerdo que los vecinos hicieron una colecta y lo llenamos de juegos, pero juegos de verdad y no esos arma-rápidos de hoy en día.
También recuerdo con impotencia cuando decidieron arbitrariamente abrir la calle con el Credicorp Bank, y nosotros, los residentes de ese tranquilo barrio, vimos como poco a poco nuestras casas fueron vendidas a personas que querían poner oficinas y nos quedamos con miles de invasores que estacionaban sus carros frente a nuestras casas, sin importarles quien vivía ahí.
Cuando tuvimos que dejar de jugar en la calle, porque ya era una vía de alto tránsito.
Esa fue la despedida de mi infancia.
No sé si alguna vez mis hijos puedas vivir todo lo que yo viví al ser una niña. Poder jugar hasta tarde la queda o la congelada, hacer carreras de bicicletas con los vecinos, hacer concursos de modelaje (aunque todos sabíamos que estaban arreglados, ya que las hijas de los jueces ganaron), ir donde el vecino y tocarle la puerta para jugar fútbol en la calle, salir con tizas y hacer una rayuela en el piso.
Ahora los niños bajan con las empleadas al area social de la piscina, a jugar en un espacio diminuto mientras todas ellas echan los bochinches de las telenovelas y de sus jefes, que respectivamente le cuentan a sus jefes después y así todo mundo se entera que vecino se quedó sin trabajo, que vecino se está separando de su esposa, que vecino hace que.
No sé si alguna vez sepan lo que significaba soplar el video juego para que funcionara, ponerlo un poquito salido porque era el triqui para que funcionara, pero sobre todo, preferir salir a jugar en la calle antes de sentarse enfrente a una televisión y compartir con los amigos.
No sé si aprenderán a montar bici sin rueditas en los estacionamientos de atlapa, en su propia bicicleta. No sé si entenderán el valor de leer un libro de papel. No sé si tendrán un vagón de tren o un avioncito en un parque para divertirse. No sé si escribirán en un cuaderno un vidajena. No sé si podrán jugar 4 esquinas en el patio de su escuela.
Si sé que no entenderán que significaba poder comer en la escuela con 50 centavos (un croissant y soda en botella retornable).
Disfrutarán columpiarse y que su papá les empuje? Les gustará sentir el viento en la cara, así como lo sentí muchas veces yo cuando era chica y mi papá me mecía en el parque de la casa?
Son cosas que yo viví, cosas que me llena de nostalgia recordar, que me hacen sonreír cuando pienso en ellas, porque si mis papás venden su casa, es un capítulo de mi vida que cierro definitivamente. A veces, cuando visito a mis padres, me veo en la casa que me vio crecer, que me vio reír, donde se cayeron mis primeros dientes, donde hice mis primeras tareas, donde mi esposo y yo decidimos casarnos, donde me formé como una persona y es un lugar donde no voy a regresar más. Voy a extrañar esa casa.
Son otros tiempos.
Abrí mis ojos porque mi esposo me llamaba para avisarme que la comida estaba lista, no puedo hacer menos que secarme las lágrimas que salen de mis ojos, creo que tengo que prepararme para decirle adiós a la casa y sentir sus paredes por última vez.


